domingo, 13 de marzo de 2011

Porque a veces cuesta decir que si.

Al notar como el color subía a mis mejillas entre en pánico.
- Paula. – levante la cabeza al sentir su llamado. - ¿Qué opinas?
- Realmente, no lo sé. Jamás leí algo así, pero tampoco es que haya leído mucho a lo largo de mi vida.
- No me refería al libro.
- ¿A no? – prefería hacerme la tonta a abordar el tema que él pretendía.
- No, me refería a mi propuesta. – parecía desesperado, pero intentaba conservar la paciencia. - ¿Se casaría conmigo?
Me sentí ahogada y eso que lo escuchaba por segunda vez en los últimos minutos. ¿Cómo puede ser que alguien que ha esperado toda su vida por algo justo cuando lo encuentre no sepa qué hacer con él?
Mi pretendiente me observaba expectante, y yo no podía hablar. Mire su lujoso traje y luego mi ostentoso vestido de seda acompañado con joyas. Y al final solo pude romper a llorar.
- ¿Por qué las lágrimas? – pregunto angustiado mientras me ofrecía su pañuelo. – Lamento si te he ofendido, Paula.
No conteste y no porque no quisiera, sino porque no podía pronunciar palabra entre tanta lagrimeada. Pasaron unos minutos y él no pudo soportarlo más, se puso de pie dispuesto a marcharse.
Por mi lado, asustada con quedar sola, cerré los ojos con fuerza y tragándome todos mis miedos tome una flor del centro de mesa. Corrí hasta él antes de que saliera de la habitación, se volteo cuando escucho mis pasos detrás de sí y me quedo mirando. Le extendí la flor hacia él.
- ¿Qué quieres decir?
- Si… eso es lo que quiero… - mantuve la mirada baja y solo pude levantarla cuando sentí que él se relajaba. Su sonrisa era ancha.
- Creí que me ibas a decir que no.
Sentí el alivio al escuchar esas palabras y sin pensarlo más lo bese.

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