sábado, 21 de mayo de 2011

Poyecto Antología del Club de las Escritoras

Oblivio (olvido)
Primera Parte

Katia POV:

Me preparé para pelear con la pelambra erizada. Posicioné las cuatro patas con agilidad y le mostré mis colmillos a mi enemiga. Olfateé el aire y arrugué el hocico ante el floral aroma de la joven. Ella sonrió, poniéndome a prueba.
No aguanté más, con un solo impulso dibujé un arco con mi cuerpo para caer sobre ella. Le mordí con ferocidad el cuello. Y disfruté al sentir como la piel cedía con facilidad bajo mis diente afilados. La sangre me cubrió la lengua, produciéndome un arranque de satisfacción.
La víctima no se dejo vencer, apretó con fuerza la daga que llevaba en la mano y elevándola me la clavo en la mejilla izquierda provocándome una herida profunda que me hizo aullar de dolor. “Maldita humana” pensé con bronca y de un tirón le arranqué la cabeza, terminando con su vida.
Me desperté transpirando, ese sueño siempre me dejaba temblando. Aunque era más que un sueño, era un recuerdo… Un recuerdo que trataba de borrar a la fuerza pero que siempre volvía a través de mi inconsciente. Instintivamente me toqué la cicatriz en la mejilla, recorriéndola con los dedos hasta donde terminaba junto con la mandíbula.
Sacudí la cabeza y me puse en pie. Miré el reloj, eran las cuatro de la mañana, mas sabía que nada podría hacer para volverme a dormir. Así que me coloqué un pantalón de buzo, una musculosa y calzándome un par de zapatillas deportivas me dirigí a la cocina.
- Hola, cariño… - mi padre estaba comiendo un trozo de torta sentado a la mesa.
- Hola, papá… No puedo dormir. – le explique aunque tal vez ya lo sabía. – Saldré a caminar y luego iré al trabajo.
- Ningún problema… Mantente alerta. – me saludo con el tenedor con el que comía y yo salí por la puerta de casa.
La mañana estaba heladísima de seguro, pues estábamos en pleno invierno, pero yo no sentía ni pisca de frío. Mi cabello chocolate me llegaba a la cintura y combinado con mí gran contextura física me daba un aspecto salvaje. Mejor ni hablar de lo que decía de mí mi cicatriz.
Caminé relajada por ahí, mientras aún pensaba en el recuerdo. Un recuerdo que llevaba más de seis meses atormentándome. Me metí en el bosque, quería estar sola. Corrí intentando dejar todo detrás, me trepe a un árbol y me senté en una rama gruesa a unos quince metros del suelo. Apoyé mi cabeza en el tronco suspirando.
- ¿Qué haces allí arriba? – un joven de unos veinte años y cabello rubio me miraba extrañado desde abajo.
No contesté, solo me dediqué a mirarle. Me parecía tan conocido… Tenías los ojos verdes, los podía ver aún desde tan lejos gracias a mi agudizada vista. Era grande de cuerpo pero no tenía muchos músculos y empuñaba con fuerza una escopeta.
- ¿Qué haces allí arriba? – volvió a repetir la pregunta, el tono de su voz era cauteloso y osco a la vez.
- Nada… solo disfrutaba del follaje. – le dije y él me miró como si estuviese loca.
- ¿No sabes que hay lobos hambrientos por aquí? – sonaba crispado y yo no tenía idea de por qué. – No deberías rondar por los bosques, menos a estas horas.
Puse los ojos en blanco y sonreí, si el supiese lo difícil que era que un simple lobo me lastimase. Igualmente baje de la rama como lo hubiera hecho cualquier chica habilidosa para trepar, pero sin desplegar demasiado mis habilidades inhumanas. Cuando llegue a su lado, noté lo alto que era, me llevaba por lo menos una cabeza y eso que yo era bastante alta para mi edad, veinte años, al igual que él.
- Vamos, que te acompaño a casa. – me señalo el camino por el cual había llegado yo hacia algunos minutos.
- No necesito tu ayuda. – le espeté algo molesta por su falta de cortesía. Comencé a caminar en dirección opuesta a la que él que quería que siguiera.
- Niña estúpida… - gruñó mientras me seguía. – Vas terminar haciendo que te maten…
Apreté los puños cuando oí su insulto. ¿Quién se creía que era? Con una sola mano podría hacerlo polvo. Frené y me puse cara a cara con él.
- ¿Cuál es tu nombre? – le cuestioné mientras respiraba hondo para no sacarme.
- ¡Que te importa! – me gritó y yo solté un siseo furioso que pareció asustarlo. – Vale, cálmate. Soy Guido Soria.
- Pues bien…Guido, quítate de mi camino… - me volví hacia donde estaba caminado, pero Guido me tomo del hombro con una mano para detenerme. – Suéltame.
- No. – terció sin soltarme. – Te volverás a tu casa.
- ¿Es una orden? – pregunte jocosa, no podía evitar que a pesar de lo irritante de la situación su altanería me diera mucha gracia.
Asintió y acomodó su arma amenazadoramente, como haría un padre para que su hijo obedeciera. Levante las cejas sorprendida de su valentía, otro humano a esta altura ya hubiese percibido el peligro que destilaba yo y se hubiese ido. Pero no, Guido permanecía allí con su melena rubia alborotada por el viento frío.
- Ok. – dije para mí misma. - ¿Qué haces tú en el bosque a las cinco de la mañana?
Abrió los ojos dudando si responder o no. Removió las hojas de suelo con el pie sin mirarme a la cara.
- ¿Pensás cazar algo con eso? – apunté la escopeta despectivamente con un dedo.
- ¿Qué más te da si es así? – levanto la barbilla dejándome mirando su cuello. – Ahora deberías irte de acá.
Otra vez a lo mismo, que insistente. ¿Qué jamás se rendiría? Me cruce de brazos poniéndome en contra de él.
- Dame una buena razón para eso. – le pedí y arrugó le entrecejo.
- ¿No son suficiente los lobos?
- No les temo. – no sé por qué le decía la verdad a él.
- Ya te he dicho que pueden matarte… ¿me has oído? – bufó cuando me encogí de hombros solo para enojarlo. – Ya han matado a alguien.
- ¿A si? – me mostré incrédula ante su afirmación, un poco para estar en contra y otro porque no lo sabía.
- Uno… y te estoy diciendo uno, no una manada… mató a mi hermana el verano pasado. – confesó compungido por el dolor de la perdida.
Me quedé pasmada. ¿Había dicho el verano anterior o mis oídos siempre agudos me jugaban una mala pasada?
- Lo siento. – me disculpe por cortesía  y para saber más. – ¿En qué mes fue eso?
- El segundo viernes de febrero… - especifico extrañado por mi repentino cambio de humor.
En cuanto lo oí mi cabeza empezó a dar vueltas, sentí nauseas. Sin poder contenerme me acerque al árbol al cual me había subido y vomité a un costado. Guido corrió hacia mí y me quitó los pelos de la cara con cuidado. Rehuí a su contacto. Si se enterara de quien era no se acercaría jamás. Nunca más.
- Tú eres Katia Marino ¿verdad? – me volvió a sorprender. Asentí y el sonrió por primera vez dándole a su rostro un belleza única.
- ¿Cómo lo sabes? – pregunte hipnotizada por su sonrisa. ¿Por qué el destino me puso adelante a la persona equivocada?
- Trabajamos juntos desde la semana pasada. – respondió  Guido y me puso una mano en la frente. - ¿Te encuentras bien?
- No… - dije y era la verdad pura. Le miraba y no podía creerlo. Cada vez iba encontrándole más parecido con la joven de mi recuerdo: los mismos ojos desafiante… el mismo cabello… su sonrisa irónica… Cada parte de él me atraía y repelía a la vez.
- Lamento haber sido tan rudo contigo. – se disculpó siendo sincero y una estaca de culpa se clavó en mi corazón.
Ese recuerdo me perseguía y me torturaba. Ahora con Guido en frente estaba a punto de matarme. Me tapé el rostro con mis manos para ocultar las lágrimas que brotaron de mis ojos.
- Ya, ya… Por favor, no llores… - intentó acercarse y yo retrocedí.  – No era para tanto… No quise asustarte… Solo pretendía que volvieras a casa segura… No me gustaría nada que te pasara lo mismo que a mi hermana…
Descubrí mis ojos y le vi morderse le labio inferior, preocupado por mi reacción ante sus palabras. Me sentí confundida, mi cuerpo anhelaba un contacto suyo, pero a la vez ese contacto me producía asco. Asco de mí, de permitirme congeniar con él, de mentirle, de ocultarle los hechos. Era un monstruo y no me lo perdonaba.
Cerré los ojos con furia para conmigo misma. No sentí sus pasos ni sus movimientos, no hasta que estuvo rozándome la cicatriz de la mejilla con su suave mano. Levanté los parpados sobresaltada. Su rostro estaba demasiado cerca… Mi mente se debatía entre el agrado y la culpa… Entre la necesidad irracional de tenerlo a él y el saber que no era lo correcto. Pero finalmente, Guido no me dejo pensarlo más, posó sus labios con los míos entregándome su dulce aliento como un regalo no merecido.
- ¡¡¡¡Noooo!!!! - Salté hacia atrás con velocidad y me trepé a la primera rama que estuvo a mi alcance y no se rompió con mi peso.
Mi cuerpo sufrió una convulsión por la repentina separación y él me observo herido. No sabía que me lastimaba más, la culpa o su aflicción ante mi rechazo. Necesitaba darle una explicación, necesitaba que me odiara aunque no lo soportara yo.
- No te convengo. – le susurré muy despacito como esperando que no oyera nada de lo que decía.
- ¿Por qué? – levantó los hombros sin entenderme. – Me gustas… desde hace bastante.
- No puedes quererme… - le confesé alucinada por su declaración. – Yo… yo maté a tu hermana….

Les presento la primera parte del relato corto sobre hombreslobo para El Club de las Escritoras... Es la primera vez que escribo sobre este tipo de criaturas... Espero que les guste y mañana a la noche tendrán la segunda y ultima parte aquí...

1 comentario:

  1. Guau!, lo has dejado en lo mejor... K ganas tengo d ver k pasa con estos dos... Espero k no tardes en publicar, un besazo y k pases una wena noxe, muak!!!

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