sábado, 14 de enero de 2012

Sublime semajanza... Cap 2


Maximilian
- ¿Cuál es tu nombre? – le pregunte al cruzar el umbral.
- Me dicen Lizzie. – respondió con una mueca divertida en su rostro pálido.
Era linda. De cabello corto, desmechado, oscuro como la noche; ojos negros sin fondo; y pecas rebeldes de pómulo a pómulo. Era petisa, pero tenía buenas curvas debajo del pantalón holgado y la musculosa blanca.
- Yo soy Maximilian. – continué. Adoraba mi nombre cuando me presentaba en la universidad, me daba un aire importante, pero para ligar era un desastre. – Maxi o Max, más corto y menos estrafalario.
Se hizo un periodo de silencio a la vez que ambos comenzamos a caminar calle abajo. Metí las manos en los bolsillos de mis jeans intentando pensar algo que decir.
- Nunca te ha visto en falda o vestido. – dije en voz alta mientras pensaba en que jamás había visto sus piernas.
- Solo me has visto dos veces. – se excuso ella perturbada.
¡Carajo! ¿Y ahora como salía de esta? Le decía que tenía razón y quedaba como un idiota. O le confesaba que hacía varios meses que la observaba merodear por las calles y me consideraba un acosador.
- No es la primera vez que te veo. – me decidí por la segunda. Este era yo, si le gustaba, bien, y si no, que se “fuera a freír espárragos” como decía mi viejo. – Sueles pasear por las calles de madrugada, siempre acompañada del flaquito y el grandulón.
Abrió los ojos con desmesura. “Ja… Ahora me putea y sale corriendo” pensé con pesimismo, más ella cerró los ojos y sonrió.
- ¿Estudias? – preguntó cambiando de tema, lo cual agradecí. A pesar de que no me había rechazado, me había sentido incomodo con la situación.
- Si… Administración de empresas. – proclamé orgulloso, era lo único de lo que podía sentirme así.
- Entonces, ¿qué haces atendiendo un bar un domingo en la noche? – me miró con esos ojos negros y yo contuve un suspiro, podía perderme en ellos. – No deberías estudiar para algún examen o algo así.
- ¿Y tú no deberías estar durmiendo para ir al colegio mañana? – le contraataqué burlón.
- Pues sí. – dijo seria y luego añadió como si tal cosa. – Pero estamos en Las Vegas, la ciudad que nunca duerme.
Asentí de acuerdo. La vi revolver los bolsillos durante un rato en busca de algo y me sorprendió ver que sacaba un atado de cigarrillos y un encendedor.
- ¿Fumas? – me convido. Yo negué con la cabeza, espantado de ver su pequeña figura encendiendo uno y llevándoselo a los labios.
- ¿Tus padres sabes que andas por bares a estas horas? – pregunte irritado de esa actitud superada.
Se encogió de hombros y soltó una bocanada de humo.
- Mis padres ni saben que existo. – repuso antes de dar otro pitada, y creo que distinguí un poco de tristeza en el matiz de su voz.
El espanto que sentía debió rebelarse en mi rostro, pues pude ver como sonreía con amargura. No me agradaba la idea de que Lizzie hiciese lo que le venía en gana, que saliese con esos hombres que no debía ser ninguna buena influencia. Pero, ¿qué podía hacer con eso? A penas la conocía.
Di un paso al frente, sentía el impulso de rozarle el rostro aunque fuere unos segundos. Estiré la mano y el aire pareció detener su circulación, se había formado una atmosfera densa, que se vio rota cuando una voz grito a mis espaldas.
- ¡Lizzie! – el grandulón la llamaba con la mano en alto, mientras el flaquito se bamboleaba de aquí para allá pasado en alcohol. Me estremecí. - ¡Vamos!
- ¡Ya voy, Phil! – respondió Lizzie con el ceño fruncido. Dio la última pitada y arrojó la colilla al piso para apagarla.
- ¿Nos volveremos a ver? – pregunté abrumado por su partida. Quería tenerla a mi lado.
- ¿Trabajas mañana? – asentí y ella me mostró una sonrisa blanquísima. - ¿Querés que nos encontremos al terminar tu turno?
- Si, me gustaría. – respondí acelerado. – Por ser lunes me toca de las 21 a las 24 horas.
- Ok, medianoche en la puerta del bar. – acordó a la vez que salía corriendo a donde la esperaban sus amigos. Al llegar junto a ellos, se volvió y me agitó la mano despidiéndose.
La vi alejarse y me pase una mano por la barbilla, tal vez debería afeitarme. Esa chica me había cautivado, la había visto en las calles meses atrás y siempre que podía me le quedaba mirando. Había intentado seguirla una par de veces, pero nunca lograba mantener su ritmo y la perdía de vista finalmente.
Hundido en mis pensamientos, llegué a mi departamento. Ingresé intentando hacer el menor ruido posible, deje las llaves en el mueble del recibidor y antes de nada mas fui a la habitación de mi viejo.
Abrí la puerta con delicadeza, estaba tirado en la cama aún vestido, pero dormido. Ni siquiera se había quitado la corbata, valla uno a saber a qué hora había llegado del laburo. Entrecerré los ojos, él no quería que yo trabajara en el bar, pero sino como íbamos a mantener mi matrícula en la universidad.
Le saqué los zapatos, acomodándolo un poco mejor y luego salí con sigilo de allí. Fui a la cocina y me hice algo de comer, volviendo a concentrarme en Lizzie. Volví a sonreí en la misma noche. Mañana tendríamos una cita.

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