miércoles, 1 de febrero de 2012

Sublime semejanza... Cap 3.


Lizzie
- ¿Cómo te fue? – hipó Tod casi borracho.
- Bien. – respondí consciente de mi desbordante felicidad. – Quedamos en vernos mañana a medianoche. Me cubrirán una horita, ¿no?
- Obvio. – afirmó Phil predispuesto. – Pero, cuidado que es demasiado temprano. No vaya a ser que te cruces con tu padre o Toni.
Asentí, no podía permitir que mi padre se enterase de mi existencia, hacia demasiados años que habíamos guardado este secreto. Y a pesar de que Toni ya lo sabía, lo mejor era que no nos vieran juntas, jamás.
- ¿Y ahora qué? – cuestioné refiriéndome a que me había llamado tan urgente.
- Lo mismo de siempre. – chilló con tono cantarín Tod e hice una mueca cuando me aturdió.
- Tenemos información de que él anda en Nevada. – precisó Phil con cara de pocos amigos.
- Tranquilo. – intente calmarlo.
- Si, tranquilo. Esta vez no se nos escapa. – sentenció Tod apoyando una de sus manos en mis hombros como protegiéndome. – Y si le toca un pelo a Lizzie, juro que lo hago tortilla.
Revoleé los ojos y lo abracé, aunque era insoportable era como un hermano para mí, y lo quería, al igual que a Phil.
- Vamos a casa. – me puse en marcha, con la intención de cortar con esa escena tan cursi. – Hay mucho que investigar.
Ambos asintieron y comenzamos a correr.
- Iremos más deprisa sobre los tejados. – Phil miró hacia arriba y luego a mí. En respuesta reduje el paso hasta colocarme detrás de él y, aún corriendo de un salto me trepé a su espalda.
Percibí el aire dando contra mi rostro en cuanto Phil nos impulsó hacia arriba. Amaba esos viajes, eran como una montaña rusa, mi montaña rusa. En un principio lo único que estos me provocaban eran nauseas, pero ya era inmune a esos enérgicos sacudones que se producían salto tras salto y podía disfrutar de los viajes.
Frenamos en la fachada de una casa playera. Era bastante geométrica con su forma rectangular, sus balcones cuadrados y los grandes ventanales de los que emanaba luz como si alguien estuviera dentro.
- Blueblood. – grité al tiempo que entraba y unos ladridos me dieron la bienvenida. - ¿Cómo esta mi pequeño bebé?
Le rasqué la cabeza al mastín blanco que se me había arrimado. Me pasó la lengua por las manos y yo fruncí el entrecejo, pedía comida.
- Tod, te dije que le dejaras algo de comer a Blueblood.
Caminé a la cocina y revise la heladera en busca de algo, que encontré en el fondo. Me reí por dentro cuando abrí el paquete y el di todo su contenido a el perro.
- ¡No! – gruñó Tod cuando se acercó a donde estábamos y descubrió mi pequeña venganza. – Lizzie, esa es mi carne seca.
- Ups, no me di cuenta. – ironicé y me corrí a tiempo para esquivar un golpe del puño de él.
- Eu, niños. – nos llamo la atención Phil sentado frete a la notebook en el comedor. – Aquí. Yo. Computadora. Investigación.
Olvidamos nuestra riña enseguida y no acercamos a él con curiosidad. En la pantalla de la notebook había un mapa de Norteamérica con puntos rojos en lugares significativos.
- Hace sesenta y cuatro años, él apareció en México D.F. y provocó estragos. Diecisiete años después, en 1964 aparece en Guadalajara, el ala de maternidad del hospital principal arde en llamas. El saldo fue de veinticinco bebés recién nacidos calcinados. – Phil describió todo con serenidad, pero el dolor y el rencor se traslucieron en las últimas palabras. – 1977, San Diego. Una misteriosa epidemia mató a cientos de niños menores de tres años. Dieciocho años más y en Los Angeles, al fin se puede evitar un desastre de este tipo.
- Impresionante. – dijo Tod con la boca abierta.
- Si. – coincidió Phil. – Y eso que no les he dicho algo. Esto se remonta a varios siglos atrás. Y todo es por lo mismo, evitar que dos niños vivan.
Titubeé con mi mano arañando la madera del respaldo de la silla. ¡Tanto lió y solo para que unos gemelos no vivieran! Cerré los ojos con fuerza e impotencia. Totalmente despótico.
Blueblood se me acercó oliendo mi angustia. Abrí los ojos y le sonreí dulcemente. Me acuclillé para estar a su altura, juntando mi nariz con su hocico.
- Siempre serás mi príncipe. – bromeé y le acaricié le lomo.
Todo se tenía que acabar. Fuese quien fuese ese asesino debía morir. Por todo el daño que había hecho. Por asesinar a tantos inocentes, por separarme de mi familia. Por todo lo iba a pagar.

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