miércoles, 8 de febrero de 2012

Sublime semejanza... Cap. 4


Maximilian
¡Déjate de joder! dije disgustado mientras saltaba la barra del Miko`s ¡Yo me voy!
Max, báncame un rato más insistió Albert con descaro.
No, ni lo sueñes. Ya le cubrí media hora al tarado de Duncan repliqué mientras comenzaba a caminar hacia la puerta. El bar no estaba ni de lejos lleno, solo había una par de clientes “madrugadores”, de esos que llegaban temprano en la noche y no se movían de la silla hasta bien entrada la mañana. Si quieres despídeme, pero yo tengo mejores cosas que hacer. Igual no creo que te convenga hacerlo viendo y considerando que soy el único que cumple su horario.
Le miraba a él mientras le terminaba de hablar, me encogí de hombros y retomé mi intención de irme. La puerta se abrió antes de que llegara hacia allí. Ella ingresó con paso inseguro y miro hacia todos lados. Llevaba una minifalda cuadrille beige de tablas, un top sin mangas rosa chillón y zapatos de tacón que la elevaban unos centímetros más de a lo que podía llegar sola.
¡Lizzie! le llamé sonriente y ella me devolvió una mirada picara con esos ojos negros. ¿Llevas falda?
Si, Maximilian dijo un borracho desde su mesa cerca de Lizzie. Y tremendas piernas tiene la niña.
Fruncí el ceño con amargura. De dos zancadas reste el espacio entre ella y yo, de manera que quede bloqueándole la vista de Lizzie a ese viejo baboso.
Vámonos le di un leve empujoncito invitándola a cruzar la puerta nuevamente.
En cuanto estuvimos fuera, pude sentir como la calma regresaba a mí y me sentí orgulloso de mi autocontrol.
¿Y? ¿Cuáles son los planes que tenemos? preguntó colocándose una mano en la cadera en inclinando la cabeza un poquito.
Eh…, pues…La verdad no me lo he pensado.
Hice una mueca y ella se echó a reír. En serio resultaba graciosa la situación, aún mas vista desde mi punto de vista. Me había pasado el día completo fantaseando con esta cita y no había pensado donde iríamos o que haríamos.
¿Te gustarían unos tragos? propuse y al ver que asentía proseguí Conozco un buen bar…
Ella apuntó a la puerta detrás nuestro en forma de interrogación. Yo me reí y negué.
No. Otro menos… miré el Miko`s, ¿cómo describirlo?Digamos que menos peligroso, más adecuado a la situación.
¿Queda lejos?
No. En esta ciudad hs tanto bares que ya no queda ni lugar para cualquier otra cosa.
Aprovechando que nos pusimos en marcha, me dediqué a mirarla un poco. Debía admitir que el viejo del bar tenía toda la razón, sus piernas eran una maravilla, curvilíneas y musculosas, perfectas para lucirlas con esa minifalda.
Levanté la vista de sus piernas por miedo a ser pillado mirándolas y, en cambio, fisgoneé su rostro. Se había colocado maquillaje, sus pecas apenas se distinguían bajo el polvo y el rubor, sus labios finos resaltaban con el color rosa acorde con el top.
El otro bar quedaba a dos calles del Miko`s por lo que no tuvimos tiempo alguno de hablar mucho. Siempre me sorprendía lo rápido que el paisaje podía cambiar de una cuadra a la otra. Luego de cruza una avenida importante los edificios altos y destartalados, dieron paso a los locales de pocos pisos y más adelante podía verse el comienzo de un típico barrio de los suburbios.
El bar-confitería a donde nos dirigíamos era un enorme local a mitad de la cuadra siguiente coronado con un letrero de letras en madera rustica remarcadas con pequeñas luces navideñas de color plateado, que rezaba Charming Lips (Labios seductores) Escuché como, a mi lado, Lizzie reía al mirar el nombre. Le miré y me hizo una mueca con los labios fruncidos antes de volver a reír.
Ingresamos con prisa y nos ubicamos en una mesa en donde parecía ser el rincón de las parejas. Una camarera de shorts ajustados y delantal rojo se acercó a pedir nuestra orden con voz aguada.
Unos nachos y… mire a Lizzie, pero ella me hizo una seña de que yo decidiera, mientras revolvía un pequeño bolso, que acababa de notar que traía … un par de cervezas.
La camarera sonrió con cordialidad y se alejó casi al trote. Mi acompañante seguía inmersa en el búsqueda de eso que yo creía saber que era. Carraspeé y apunté un cartelito por encima de nuestras cabezas.
Aquí no se puede fumar sentencié y ella extendió una sonrisa.
Buscaba esto aclaró y sacó un labial con el que se retoco el maquillaje.
Lo siento me disculpé. Absurdamente, pensé que buscaba complacerme con lo de la falda y hecho de abstenerse a fumar, y eso me dio una agradable sensación de ser apreciado.
Fue así que me dispuse a relajarme y disfrutar de esa velada, que prometía tener un buen final.

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