domingo, 14 de octubre de 2012

Sublieme semejanza... Cap 9


Lizzie
¡¿Qué mierda hiciste?! aunque fuera por teléfono podía imaginarme claramente la cara de Phil al decir eso, labios fruncidos en una mueca que daba miedo, pero en sus ojos habría más preocupación que enojo.
Nada intentaba llevar todo con calma, si dejaba que un solo sentimiento se apoderara de mi, los demás también lo harían y terminaría llorando a lágrima viva, sucumbida por esa angustia y terror, que había sellado a cal y canto.
¿Cómo que nada? escuché que él respiraba hondo desde el otro lado, trataba de mantener la calma como yo. Lizz, nena, acabas de decirme que te fugaste del hospital. Eso, es algo y muy grave. Deberías haberte quedado allí, tu herida tiene que curarse.
Claro, ¿y quién se iba a encargar de Jean-Sebastian? pregunté irónica.
Nosotros servimos para algo, Lizz.
Ni loca. Ese engendro es mi problema negué con la cabeza de manera automática.
No te olvides, que nosotros hace años que estamos en esto la voz ofendida de Tod se alzo sobre los improperios que había comenzado a lanzar Phil. No seas, necia. Da media vuelta y vuelve al hospital.
No me alegre de que mi voz sonara cortante e imposible de contradecir.
Viendo que eres más terca que una mula… dijo Phil resignado… al menos, déjanos ayudarte.
Chicos…
Chicos, nada Tod también se había enojado. No aceptamos negativas. Si no vamos nosotros, tú tampoco. ¿Me oís?
Si… Si… revoleé mis ojos en un gesto de desesperación. Ok, acepto sus condiciones. Ahora díganme donde están. Yo los alcanzo.


Cargué mi arma con balas especiales que Phil había preparado, y cargué otra más por las dudas. Me coloqué el cinturón para portarlas. Una daga escondida en mi pierna bajo el pantalón de buzo. Más balas escondidas en el bolsillo del cinturón. Una navaja escondida en mi sostén, raro pero útil.
Llevaba ropa cómoda. La mente en frío, determinación, convicción. Afuera el temor. Un chicle para calmar el ansia. Mire la mesa de luz de mi cuarto y cogí el collar con la medalla de plata que descansaba allí. Era la mitad de lo que se suponía que era una medalla redonda, tenía grabado, al frente, el perfil de un rostro de mujer y, en la parte de atrás, el nombre de “Antoniett”.
Sonreí con nostalgia mirándola. Toni tenía la otra mitad con mi nombre grabado detrás, era el símbolo de los gemelos. Dos rostros enfrentados iguales físicamente, pero diferentes en su forma de pensar y actuar; igualmente conectados como uno solo.
Una lágrima redonda y transparente cayó de mi ojo derecho, me apresuré a secarlo. Me coloqué el collar y acercando la medalla a mis labios la besé, como si fuera mi amuleto. Amaba a mi hermana, y si una debía morir para que ese loco se marchara y nos dejara en paz, yo era la indicada. Yo que no había conocido a mis padres más que de vista, yo que había robado momentos para estar con mi hermana gemela, yo que no tenía mas propósito en esta vida que velar por la felicidad de Toni.
Abandoné los sentimientos negativos, y me concentré firmemente en mi plan. Siempre había creído que tendría la suficiente fortaleza para pelear contra ese endemoniado ser y vencerlo, pero ahora, ahora me daba cuenta de cuan equivocada estaba. No puedo pelear contra él. No puedo, porque significaría desafiarlo a hacerme más daño, a averiguar donde esta mi familia o Phil o Tod… o Max para dañarlos y así matarme a mí. Tal vez la sed de venganza que esto acarreará, logrará darme le valor para vencerlo, pero la vida de quienes amo es un precio demasiado alto que pagar.
Me arrepentía enormemente de haber puesto a Phil y a Tod al corriente de mi situación. Debería haberme callado, debería haber ido sola a enfrentarme con él y simplemente acabar así con todo. Pero no, ahora debía intentar llevar mi plan a cabo con mi “familia” merodeándome. Si alguien de ellos supiese una mínima parte del mismo todo se echaría a perder.
Tenía clara una cosa: hoy todo terminaría al fin.