lunes, 18 de marzo de 2013

Mi corazón



Mi corazón flota en el mar. Si lo encuentras, cógelo antes que se pierda. Abrígalo en tu pecho y que el tuyo sea su motor. Hace demasiado que te esta buscando. Si lo abandonas morirá irremediablemente y yo le seguiré. Si te aferras a él y me lo cuidas, estés en donde estés, yo seré feliz. Tu desesperado enamorado.
Serena releyó la manoseada impresión de las palabras que había encontrado al fondo del océano informático y, sentada en el tren, suspiró como venía suspirando desde hacía un año, soñando con el anónimo poeta, tanto dormida como despierta.
Yo encontré tu corazón, lo tengo bien guardado y abrigado. Si lo quieres, te estaré esperando. Tu amante expectante.
La respuesta a su proclamación se reprodujo en la cabeza de Máximo como un mantra lleno de esperanza, mientras caminaba apresurado hacia la plaza. Sabía que allí no encontraría a quien esperaba, pero si a la guardiana de su corazón a quien lao había rescatado de la oscuridad.
Basta de océanos que nos separen. Te buscaré en las tierras hasta que caiga el Sol en el horizonte. Tu admirador, en busca de un corazón.
Serena notó como los últimos rayos del día bañaban los adoquines de la estación y su corazón se disparó, a la vez que ella emprendía una carrera contra el tiempo.
Te ayudaré. Me quedaré donde los héroes del pasado se alzan hacia el cielo. Donde todos los cruzan, pero nadie los mira. Tu protectora en espera.
Máximo llevaba unos segundos en la plaza cuando la descubrió, sentada bajo el monumento a San Martín. Su cabello negro volcado sobre un libro de poemas de Bécquer. Se le acercó despacio, nervioso.
— Mi corazón flotaba en el mar —le dijo cuando estuvo a su lado.
— Yo lo he encontrado y rescatado de la tormenta —respondió Serena separando la vista de sus poemas. Jadeó sorprendida al encontrarse con unos ojos negros que la escaneaban—. Aquí lo tienes, sano y salvo —dejando el libro de lado, le ofreció sus manos a aquel moreno.
Máximo las tomó entre las suyas y la ayudó a ponerse de pie junto a él.
— No vine buscando mi corazón —acercó su rostro al de Serena—. Vine a cambiarlo por el tuyo.
— Ya no es mío —murmuró ella con el corazón desbocado.
— ¿Quién se lo ha robado? —cuestionó Máximo enarcando una ceja.
— Mi desesperado enamorado.
— Bien, él sabrá cuidarlo como se merece.
Máximo sonrió y Serena le devolvió el gesto, justo antes que él le cubriera los labios con los suyos.

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